Que ganas tenía de salir allá afuera y morir como muere un árbol longevo, con sus raíces bien plantadas sobre el cemento, mientras el aire sopla sobre sus ramas y agita sus hojas para animarlas. Pero ya están muertas y estás caen inertes sobre el pavimento de la banqueta frente a la casa, sin vida, ahogadas por el murmullo de una tarde noche del día domingo.
En este otoño naranja con cuarto creciente sobre el cielo ya casi nocturno, un día se oculta tras las montañas del poniente, con un Venus luminoso y vibrante, donde pretendo dejar morir mis miedos antes de que acabe el año.
Espero que los últimos rayos del sol que caen sobre mi rostro borren la tristeza que hay reflejada en mi cara, ocultando mis temores y el nervio que me provoca saber que nunca más los volveré a ver...
CIRO.