domingo, 18 de febrero de 2018

Las tórtolas

La tórtola enamorada abandonó su nido, él ya se había ido, no había más canto en las mañanas, más que el eco que se quedó ahí, atrapado en el maple en qué alguna vez llegaron a montar su sueño.
Posó su frágil cuerpesito por la tristeza en aquella rama en qué yacía su nido y fragante de recuerdos.
Abrió sus alas sin percatarse de hacia dónde iba la corriente, y se veía claro que no tenía ni la más remota idea de a dónde iría, entonces batió sus alas lentamente, inmóvil, inmersa en su pensamiento, (me gustaría dar razón de cuál era su pensar o describir su expresión, pero es inútil), sólo ella sabía lo que había de pensar en ese momento vago, carente de todo y nada al mismo tiempo.
Cuando hubo agarrado la fuerza suficiente y la corriente de aire alcanzó sus alas, el viento la arrastró a un costado de la rama a la pequeña ave y la tumbó. Yo quedé sorprendida al ver que no reaccionó hasta al menos verse a no más de medio metro sobre el suelo. H e de confesar que quería correr a auxiliarla, pero mis piernas no reaccionaron y me quedé petrificada. Al final en un parpadear de ojos, ella ya había emprendido vuelo hacia el lado opuesto del horizonte, con un volar intermitente, como cansado, sin rumbo, sin compañero y en un atardecer frío.
Jamás volví a saber de ella, eso me entristeció mucho el alma, yo soñaba encontrar a una pareja como la suya y verme con esa persona toda una vida. Me recordó mis años de adolescencia.



CIRO.